Viajar Ligero
Escuché una canción que se llama Viajar ligero y algo en mí se detuvo.
Mientras sonaba, observé las vidas que llevamos… y me di cuenta de cuántas cosas dejamos —con alivio— en el mostrador: el rencor, quizá alguna culpa, tal vez una vieja historia. Pero también noté todo lo que seguimos cargando sin darnos cuenta: dudas, miedos, frustraciones, tristezas. Eso también pesa.
Muchas veces creemos que viajar ligero es no ser materialista, no querer más cosas, conformarnos con lo mínimo. Y no. Eso también es parte del juego. ¿Por qué no querer más? ¿Por qué no disfrutar lo que se tiene… y también desear algo distinto? Eso, por sí mismo, no pesa. Solo pesa cuando nace de un vacío interior.
Porque sí, a veces intentamos llenar vacíos con cosas. Compramos, acumulamos, logramos… y aun así, al final del día, aparece esa sensación de hueco. Entonces entendí algo escuchando la canción: viajar ligero no tiene que ver con lo que poseemos o deseamos poseer.
Las cosas también son energía creada desde quienes somos. No nos definen, pero nos reflejan. Y ese reflejo cambia, porque nosotros estamos en constante movimiento.
La canción habla de otra cosa.
Habla de viajar ligero en el corazón. De viajar ligero en el alma.
Viajar ligero es permitir que el espíritu viva las experiencias para las que vino, sin cargar mochilas que no le pertenecen. Porque el miedo pesa. Y todo lo que nace del miedo pesa aún más. Pesa tanto que termina bajando al cuerpo.
Y si el espíritu ya no puede sostener tanta carga… imagina lo que eso puede provocar en nuestro vehículo físico: tensiones, bloqueos, enfermedades, desgaste.
Viajar ligero es vivir sin maletas emocionales. Sin apegos que nos inmovilizan.
Es caminar libres, disponibles para movernos hacia donde la vida nos lleve, confiando en que todo está preparado para una vida plena. A menos —claro— que dudemos y no avancemos, que nos frustremos y retrocedamos, o que empecemos a tomar decisiones desde el peso y no desde la verdad del corazón.
Viajar ligero me da una sensación de libertad, sí… pero más allá de eso, me regala gratitud. Y sobre todo, amor.
Un amor incondicional que está ahí para mí. Y que también está ahí para todos.
Viajar ligero es respirar. Es imaginar. Es sentir. Es sonreír.
Como dice la canción, es sentir que el alma me da un beso.
Y mientras escuchaba, vino a mi mente una frase de Un Curso de Milagros: “En la indefensión radica mi seguridad”. Porque muchas veces el enojo nos lleva a defendernos, a reaccionar, a atacar. ¿Pero de qué? ¿O para qué?
Si todo acto de defensa es, en el fondo, una petición de amor.
Entonces viajar ligero también es dejar de defendernos. Es soltar el enojo. Es elegir amar.
Hoy te invito a revisar tu equipaje. No el externo, sino el interno.
¿Qué miedos no son tuyos? ¿Qué cargas heredaste sin cuestionar? ¿Qué historias ya cumplieron su ciclo?
Viajar ligero no es huir de la vida. Es vivirla con el corazón despejado. Con el alma disponible. Con el espíritu libre.
Viajar ligero es amar sin armaduras. Y permitir que la vida —tal como es— nos sostenga.
Porque cuando soltamos el peso, no perdemos nada.
Al contrario: por fin empezamos a volar.